Tíbet: historia de una represión (1a. parte)

Tíbet: historia de una represión (1a. parte)

Por Javier Akerman

21 de marzo de 2008 10:22 COT

Foto de mckaysavage - Tâet - Lhasa - Potala Palace 2

(Foto de mckaysavage – Tibet – Lhasa – Potala Palace / Licencia CC-BY)

 

El Tíbet tiene una historia que data de más de 2.000 años. Un buen punto de partida para poder analizar el estatus del país es el periodo referido como la “Edad Imperial”, cuando todo el Tíbet fue por primera vez unificado bajo el poder de un solo soberano. No hay discusión posible sobre la existencia de un estado independiente durante este periodo. Incluso los registros históricos de China y los tratados que China y el Tíbet firmaron durante este periodo se refieren al Tíbet como un estado poderoso al que China se veía forzada a tratar en un plano de igualdad.

¿En qué punto de la Historia dejó el Tíbet de ser un estado independiente y se convirtió en parte integral de China, como los comunistas quieren hacer entender?

La historia del Tíbet no es diferente de la historia de otros países. Hubo épocas en las que el Tíbet extendió su influencia sobre los territorios y las gentes de sus alrededores, y hubo otros periodos en los que se dejó influir por ideas o gobernantes extranjeros… Los Khan de Mongolia, los ghorkas de Nepal, los emperadores manchúes y los gobernadores británicos de la India.

Se debe hacer notar, antes de examinar la historia relevante, que las Leyes Internacionales son un sistema creado por los estados principalmente para su propia protección. A resultas de esto, la Ley Internacional protege la independencia de los estados de intentos de destruirla y, de ahí, la presunción es la de continuar con la continuación del estatus anterior. Esto significa que, cualquier estado independiente, que haya existido durante siglos, como el Tíbet, no tiene necesidad de probar su independencia continuada, cuando esta se vea amenazada, o cuando un país extranjero reclame derechos de soberanía sobre él, demostrando en qué preciso momento y por qué medios legales éstos fueron adquiridos.

Las reclamaciones que China hoy en día presenta están basadas enteramente en la influencia que los mongoles y los emperadores manchúes ejercieron sobre el Tíbet en los siglos XIII y XVIII, respectivamente.

Tâet

Foto de Javier Akerman

Según el Imperio Mongol de Genghis Khan se extendía hacia Europa por el oeste, y ocupaba China en el este, allá por el siglo XIII, los líderes de la Escuela Sakya del Budismo tibetano concluyeron un acuerdo con los regentes mongoles con la intención de evitar la de otra manera inevitable invasión del Tíbet. En este acuerdo se prometía lealtad política, bendición y enseñanza, a cambio de protección. La relación religiosa llegó a ser tan importante que, cuando Kublai Khan conquistó China y estableció la dinastía Yuan, mandó llamar al Sakya Lama para hacerlo Preceptor Imperial y Pontífice Supremo de su Imperio.

La relación que se desarrolló y que aún hoy existe entre los mongoles y los tibetanos es un reflejo de la afinidad racial, cultural, y especialmente religiosa de estos pueblos del Asia central. Reclamar, como los chinos actuales hacen, que el Tíbet fue parte de China porque ambos países fueron sujetos a diferentes grados de control mongol, es absurdo. El Imperio Mongol fue un imperio a escala intercontinental. No existe ninguna evidencia que indique que los mongoles integraran la administración de China y Tíbet o anexionaran Tíbet a China en ninguna manera. Esto sería como reclamar que Francia debería pertenecer a Inglaterra porque ambos países sufrieron la dominación romana, o que Birmania es una parte de la India desde cuando el Imperio Británico extendió sus dominios sobre ambos territorios.

Este periodo de breve dominación extranjera sobre el Tíbet ocurrió hace 700 años. Tíbet rompió con el emperador Yuan antes de que China recuperara su independencia de los mongoles, con el establecimiento de la dinastía nativa de los Ming. Solo hasta el siglo XVIII no sufriría el Tíbet la influencia extranjera en algún grado.

La dinastía Ming, que gobernó en China desde 1368 hasta 1644, mantuvo pocos lazos y ninguna autoridad sobre el Tíbet. De otra parte, los Manchúes, que conquistaron China y establecieron la dinastía Qing en el siglo XVII, abrazaron el Budismo tibetano, como lo habían hecho los mongoles, y desarrollaron estrechos lazos con los tibetanos. El Dalai Lama, que por entonces era el gobernador temporal y espiritual del Tíbet, accedió convertirse en el guía espiritual del emperador Manchú, aceptando su protección a cambio. Esta relación de “patrón – confesor” que el Dalai Lama mantuvo con los mongoles y con muchos nobles del Tíbet, fue de hecho, el único lazo formal que existió entre Tíbetanos y manchúes durante la dinastía Qing. Y no afectó, por sí misma, la independencia del Tíbet.

Foto de Javier Akerman
Foto de Javier Akerman

En el plano político algunos emperadores manchúes poderosos lograron con éxito aumentar su grado de influencia sobre el Tíbet. Así, entre 1720 y 1792, los emperadores Kangxi Yong Zhen y Qianlong enviaron tropas imperiales al Tíbet en cuatro ocasiones para proteger al Dalai Lama y a su pueblo de invasiones extranjeras o contra la inestabilidad interna. Fueron estas acciones las que confirieron a los emperadores citados un mayor grado de influencia sobre el Tíbet. Los emperadores mandaron a la capital tibetana, Lhasa, a un representante imperial, que en ocasiones llegó a influir sobre el gobierno tibetano a favor del emperador, particularmente en lo concerniente a las relaciones exteriores. A lo más alto del poder manchú, que duró unas pocas décadas, la situación no fue diferente a la que pudiera existir entre una superpotencia y su protectorado. La sujeción de un estado a una influencia extranjera, e incluso la intervención en sus asuntos internos, aunque pudiera ser políticamente significativa, no supone de ninguna manera, por sí misma, la extinción legal de aquel estado. Consecuentemente, aún cuando algunos emperadores manchúes ejercieron una considerable influencia sobre el Tíbet, nunca incorporaron al Tíbet a su Imperio, y mucho menos a China.

La influencia manchú no duró mucho tiempo. Quedó sin efecto en la época en que los británicos invadieron por breve tiempo el Tíbet, en 1904, y cesó totalmente con el abandono de la dinastía Qing en 1911, y su reemplazo en China por un gobierno nacional republicano. Cualquier lazo existente entre el Dalai Lama y los Qing quedó extinguido con la disolución del Imperio Manchú.

1911 – 1950

Desde 1911 hasta 1950, el Tíbet supo evitar toda influencia extranjera indeseada, y se comportó, en todos los aspectos, como un estado completamente independiente. El XIII Dalai Lama enfatizó el estatus de independencia de su país en el exterior, en comunicaciones oficiales con gobernantes extranjeros e internamente, publicando una proclamación que reafirmaba la independencia del Tíbet, y reforzando la Defensa Nacional. Tíbet permaneció neutral durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de las grandes presiones de China y sus aliados, Inglaterra y los Estados Unidos. El Gobierno Tíbetano mantuvo relaciones internacionales independientes con todos los países vecinos, muchos de los cuales tenían representantes diplomáticos en Lhasa.

La actitud de la mayoría de los gobiernos extranjeros con los que el Tíbet mantenía relaciones, implicaba el reconocimiento de la independencia del Tíbet. El mismo Gobierno Británico se inclinó a no reconocer la soberanía o cualquier otro derecho de China sobre el Tíbet, a menos que China firmara el borrador de la Convención de Simla de 1914 con Inglaterra y Tíbet, cosa que los chinos nunca hicieron. El reconocimiento del Nepal fue confirmado por el Gobierno nepalés en 1949, en documentos presentados en las Naciones Unidas en apoyo a convertirse en miembro de la ONU.

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El punto de inflexión en la historia del Tíbet llegó en 1.949, cuando el ejército de Liberación Popular de la República Popular de China cruzó la frontera y entró en el Tíbet. Después de batir al pequeño ejército Tíbetano, el gobierno chino impuso el llamado “Acuerdo de los 17 Puntos para la Liberación Pacífica del Tïbet” al gobierno tibetano, en mayo de 1951. Al haber sido firmado bajo presión, este acuerdo es ante las leyes internacionales inválido. La presencia de 40.000 soldados en el Tíbet, la amenaza de una ocupación inmediata de Lhasa y la perspectiva de la destrucción total del Estado tibetano, dejan a los tibetanos poco margen de elección.

Se debe hacer notar que numerosos países hicieron declaraciones en el curso de los debates de la Asamblea General de la ONU que siguieron a la invasión del Tíbet que reflejaron su reconocimiento de la condición del Tíbet independiente. Así, por ejemplo, el delegado de las Filipinas declaró:

“…es claro que sobre la víspera de la invasión en 1950, Tíbet no estaba bajo el mandato de ninguno país extranjero“.

El delegado de Tailandia recordó a la asamblea que la mayoría de estados

“…reprueban la idea de que Tíbet es parte de China”.

Los Estados Unidos se unieron a la mayoría de los otros miembros de la ONU en condenar la “agresión” e “invasión” china del Tíbet.

En el curso de los 2.000 años de la historia del Tíbet, el país sufrió algún grado de influencia extranjera sólo por cortos periodos de tiempo en los siglos XIII y XVIII. Pocos países independientes hoy pueden presumir de un registro tan impresionante. Como resaltó el embajador de Irlanda en las Naciones Unidas durante los debates de la Asamblea General sobre la cuestión del Tíbet:

“… por miles de años, o, a lo largo de un par de milenios, Tíbet fue tan libre y tan completamente capaz de controlar sus propios asuntos como cualquier otra nación en esta Asamblea, y mil veces más libre para cuidarse de sus asuntos que cualquier otra nación aquí…”

Desde un punto de vista legal, Tíbet al día de hoy es un estado independiente bajo una ocupación ilegal. Ni la invasión militar de China ni la ocupación continua ha transferido la soberanía de Tíbet a China. Como se ha indicado anteriormente, el gobierno chino nunca ha sostenido haber adquirido la soberanía sobre el Tíbet por una conquista. Desde luego, China reconoce que el uso o la amenaza de fuerza (aparte las circunstancias excepcionales previstas en la Carta de la ONU), la imposición de un tratado desigual o la ocupación ilegal continuada de un país nunca puede otorgar al invasor un título legal sobre el territorio. Lo reconoce pero no lo cumple.

Próxima entrega: La historia del Tíbet desde la invasión china

 

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