Tíbet destapa el verdadero récord olímpico chino

Tíbet destapa el verdadero récord olímpico chino

Hace poco, Xu Li, una alta funcionaria del Ministerio de Comunicaciones chino, aleccionaba al corresponsal de The Economist con un aforismo que se ha convertido en el principio político básico de la China moderna: “La democracia sacrifica la eficacia”. Xu pretendía justificar que se estén decidiendo en secreto los planes de construcción y la ubicación de un segundo aeropuerto de Pekín, después de que para la faraónica ampliación del primero -con motivo de los inminentes Juegos Olímpicos- se demoliesen 15 aldeas y sus 10.000 habitantes fueran desplazados de sus hogares sin contemplaciones. Esos campesinos se quedaron sin la tierra que trabajaban, pero ni siquiera recibieron a cambio las exiguas prestaciones sociales que debería corresponderles como nuevos residentes de la megápolis a la que se habían visto forzados a trasladarse.

De los valores que defienden Xu y los demás miembros de la élite burocrática en el poder saben bastante los casi dos millones de obreros de la construcción que acudieron a Pekín para levantar los rascacielos, estadios y demás edificios emblemáticos de esta Olimpiada china. Un informe que acaba de publicar Human Rights Watch denuncia las condiciones infrahumanas que todavía padece ese ejército de trabajadores: jornadas de 17 horas diarias, a 30 céntimos de euro la hora y a menudo impagadas; ausencia de medidas y equipos de seguridad; dormitorios hacinados, sin higiene ni calefacción; falta de atención médica…

Los autores del informe, titulado “Un año de mi sangre” , no han logrado descubrir cuántos obreros han perecido en la construcción de esa pesadilla olímpica: el Gobierno sólo reconoce seis muertos en esas obras, pese a que cifra en 101.480 el número de fallecidos en accidentes laborales en el país sólo durante 2007. Pero llaman por primera vez la atención sobre el tradicional sistema discriminatorio chino denominado “hukou“, que niega derechos de residencia y empleo a los emigrantes interiores que llegan a las grandes ciudades, establecido hace décadas por el régimen a semejanza de la infausta “propiska” soviética.

Los que se quedan en el campo están a merced de la arbitrariedad de los funcionarios locales corruptos, que expropian las tierras de los labriegos para enriquecerse con negocios inmobiliarios en absoluta impunidad. El pasado diciembre, los representantes de 40.000 campesinos en 72 pueblos de la prefectura de Jiamusi difundieron un comunicado prometiendo “luchar hasta la muerte” contra los burócratas que les están arrebatando la propiedad de la tierra y denunciando que están sometidos a un régimen de servidumbre medieval. Su protesta sólo pudo conocerse brevemente a través de un Internet férreamente censurado por las autoridades de Pekín.

Ahora, cuando las columnas militares se dirigen a aplastar la revuelta popular en Tíbet -donde los registros casa por casa comenzaron en cuanto cumplió el ultimátum del Gobierno-, es el momento de recordar a la comunidad internacional que el sistema chino tiene muy poco que ver con el espíritu olímpico del que pretende apropiarse este próximo agosto. Igual que pretende hacer ascender la llama olímpica hasta la cima del Everest con la intención de arrogarse la propiedad del Himalaya tibetano.

Para los que vivimos in situ la cruenta represión de Tienanmen, pronto hará 19 años, nada de lo que diga Pekín sobre lo que ocurre hoy en Tíbet tiene ni un ápice de fiabilidad. Pocos regímenes han demostrado tamaño desprecio por los derechos individuales y la vida humana, así que sus actuales acusaciones contra el Dalai Lama no merecen la más mínima credibilidad. La misma que sus estadísticas sobre la contaminación del aire de Pekín, manipuladas para tratar de negar la evidencia.

No, Xu, la democracia no es ineficiente. Porque, como decía Lenin, la razón siempre acaba por tener razón.

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