EL GRITO DE TÍBET

EL GRITO DE TÍBET

30.03.2008

Por Wang Lixiong
The Wall Street Journal
28 de marzo de 2008
 
El Sr.Wang, escritor que vive en Beijing, fue el organizador de la reciente declaración de 12 puntos sobre el Tíbet, de 30 intelectuales chinos.- Los recientes problemas en Tíbet son una repetición de los acontecimientos que sucedieron dos décadas atrás. El 1º de octubre de 1987, los monjes budistas estaban manifestando pacíficamente en Barkor –el famoso mercado callejero alrededor de la catedral central en Lhasa- cuando la policía comenzó a pegarles y a arrestarlos. Para los tibetanos comunes que ven a los monjes como “tesoros”, la visión fue intolerable, no sólo por ella misma, sino porque estimuló desagradables recuerdos que los tibetanos budistas habían estado escondiendo por años. Unos pocos jóvenes airados comenzaron a arrojar piedras a la estación de policía de Barkor. Se juntaron más y más, y entonces encendieron fuegos, volcaron autos y comenzaron a gritar “¡Independencia para Tíbet!”. Esto es casi exactamente lo que vimos en Lhasa dos semanas atrás.

 La causa fundamental de estos acontecimientos recurrentes es un doloroso dilema que vive dentro de las mentes de los monjes tibetanos. Cuando el gobierno chino demanda que ellos denuncien a su líder espiritual, el Dalai Lama, los monjes son forzados a elegir entre obedecer, lo que viola sus más profundas convicciones espirituales, y resistir, lo que puede llevarlos a perder el registro del gobierno y a la expulsión física de los monasterios.

 De tiempo en tiempo, los monjes han usado las manifestaciones para expresar su angustia. Cuando ellos han hecho esto, un inseguro gobierno chino, inclinado a “aniquilar los elementos inestables” en el “escenario emergente”, ha reaccionado con violenta represión. Esto, en cambio, provoca la violencia de los tibetanos.

 En las décadas recientes, la política del gobierno chino para pacificar al Tíbet ha sido combinar el encanto del desarrollo económico por un lado y la amenaza de la fuerza por el otro. La experiencia ha mostrado que este enfoque no funciona.

 La ruta más eficiente para la paz en Tíbet es a través del Dalai Lama, cuyo retorno a Tíbet aliviaría de inmediato un buen número de problemas. Mucha de la actual malevolencia, es un resultado directo de los ataques verbales chinos contra el Dalai Lama, quien, para los monjes tibetanos, tiene un status incomparablemente sublime. Demandar que esos monjes lo denuncien es tan práctico como pedirles que injurien a sus propios padres.

 No debería sorprender que las golpizas a los monjes y la clausura de los monasterios, naturalmente estimule la tensión civil, o que la tensión civil, engendrada de este modo, pueda volverse violenta.

¿Por qué no son estas simples verdades más obvias? Phuntsog Wanggyal, un tibetano ahora retirado en Beijing, quien por años fue un destacado oficial comunista en Tíbet, ha observado que una doctrina de “anti separatismo” se ha enraizado entre los oficiales del gobierno chino, que tratan con la religión y los asuntos de las minorías, tanto en las oficinas centrales en Beijing y en Tíbet. Habiendo invertido sus carreras en el anti separatismo, esas personas no pueden admitir que la idea es errónea sin desprestigiarse y, ellos temen, perder su propio poder y posición.

Su etiqueta ya hecha para todo lo que va mal es ”hostiles fuerzas extranjeras” –un enemigo que justifica cualquier tipo de dura o irracional represión. Cuando lo repiten infinitamente, el anti separatismo, aunque originalmente vacuo, toma un tipo de solidez. Las carreras están hechas así, y desafiarlas se vuelve imposible.

Yo soy un partidario del “camino del medio” del Dalai Lama, que significa autonomía para Tíbet en todas las áreas excepto en defensa nacional y asuntos extranjeros. Este acuerdo eventualmente significaría que el pueblo tibetano elija sus propios líderes, y eso sería un gran cambio de como son las cosas ahora. Tíbet es denominado una “región autónoma” pero de hecho sus oficiales son todos nombrados por Beijing, y  están todos estrechamente enfocados en sus propios intereses personales y en los intereses del Partido Comunista. Los tibetanos pueden ver claramente la diferencia entre su tipo de gobierno y la autodeterminación, y no hay manera de que ellos apoyen la falsa autonomía.

Se deduce –aún cuando es mucho pedir- que la última opción al problema tibetano debe ser la democratización del sistema político chino mismo. La verdadera autonomía no puede venir de otra forma.

 Es tiempo para que el gobierno chino haga un balance de por qué su estrategia a largo plazo en Tíbet no ha funcionado, e intentar algo más. Los viejos problemas permanecen, y es seguro que continuarán, quizás en lugares como la “Región Autónoma Uighur” o Xinjian, si no es intentado un enfoque más sensato.

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