Los próximos juegos olímpicos, en entredicho tras la represión contra los monjes

Los próximos juegos olímpicos, en entredicho tras la represión contra los monjes

El infranqueable muro del Tíbet

Las 56 etnias que conviven en China, de las que la Han aglutina un 90% de la población, acrecientan el problema

Varios niños tibetanos en una calle central de Lhasa.  Foto: Lluís Amengual.
 LLUÍS AMENGUAL. PEKÍN.
Mucho antes que el Tíbet fuera el centro de atención mundial por las actuales revueltas fue visitado por Tintín y el capitán Haddock. Iban en busca del amigo chino Tchang, víctima de un accidente aéreo. Ocurre en el vigésimo libro de Hergé, que para muchos es la mejor de sus aventuras. La inexistencia de enemigos, los pocos personajes que intervienen y las elevadas dosis de emotividad marcan un antes y un después en la trayectoria de Tintín y de su creador.
A pesar del título, la información facilitada por el autor confunde al lector hasta el punto de generar inseguridad sobre si la historia se desarrolla realmente en el Tíbet. Tintín y el Capitán Haddock llegan en avión a la capital de Nepal para ascender posteriormente a las montañas. Pero esa área no es considerada como Tíbet ni por el Dalai Lama ni por los grupos independentistas, que sí consideran territorios históricos tibetanos partes de Bhutan y la India. Llamar a esta historia Tintín en el Himalaya o Tintín en Nepal se ajusta más a la realidad.
La introducción del libro en China estuvo acompañada de polémica. En las zonas que reclaman mayores dosis de independencia, como es el caso de Taiwán o el Tíbet, las autoridades chinas acompañan ambos topónimos con el gentilicio chino para dejar patente la pertenencia de ambas áreas a sus dominios. En 2001 la Fundación Hergé rechazó la publicación en chino de la historieta al considerar que se manipulaba su título: Tintín en el Tíbet chino. Después de un tira y afloja el título acabó siendo el original: Tintín en el Tíbet.

 

 Beijing 2008: un equilibrio difícil

La actualidad viene cargada de noticias relacionadas con el Tíbet y con la celebración de los Juegos Olímpicos en Beijing el próximo mes de agosto. Los correos electrónicos, los debates y las noticias versan sobre la situación real y la política al más alto nivel no se ha mantenido al margen. Pero el problema no se comprende sin una introducción del concepto etnia, muy alejado de la realidad española y europea.
En una superficie similar a la de Europa, en China conviven 56 etnias de las que 55 son minorías y una, la etnia Han (lo que nosotros entendemos por chino) es la que aglutina al 90 por ciento de la población total del país.
Las etnias tienen unos rasgos comunes, una vestimenta característica y, en algunos casos, un idioma diferente al chino. Para buscar un símil simplón, existe una mayor semejanza física entre un chino de Beijing (etnia Han) y un coreano o un japonés, que entre ese mismo chino y un tibetano o un uigur (de la provincia del Xin Jiang, al noroeste del país). Curiosa paradoja.
La República Popular de China nunca fue un estado federal. La mayoría Han configuró un país con un idioma común, único elemento que verdaderamente unifica a los chinos, y unas características culturales que olvidaban a las otras 55 etnias (menos del 10 por ciento de la población total). La política de etnias china se fue formando en un país donde nunca hubo un pueblo colonizador. Por su elevada extensión y diferencias sociales, todo aquello que sugiere diversidad automáticamente genera miedo y represión.
Las provincias del oeste de China (Xin Jiang y Tíbet) son diametralmente opuestas a las ciudades del mar Amarillo: Hong Kong, Shanghai y Beijing. La provincia del Xin Jiang, fronteriza con Kazajstán y Tayikistán, y el Tíbet son objetivo prioritario para Beijing. Con unas elevadas inversiones en infraestructuras, el Gobierno intenta vertebrar esas provincias. Pero estas acciones no son vistas con buenos ojos por parte de muchos autóctonos, que entienden que es la manera más efectiva y rápida de destruir su acervo cultural. De hecho, en los últimos años se ha incrementado espectacularmente la población de la etnia Han en las ciudades de ambas provincias. Esta migración ha ido acompañada de la traslación de su propio estilo de vida, mucho más occidentalizado que el oriundo de estas dos provincias. Es una política efectiva para homogeneizar el país y minar progresivamente esos reductos de resistencia tan molestos para los gobernantes.
En la víspera del año nuevo chino, 6 de febrero, tuve la oportunidad de visitar el Palacio de Potala, el monasterio de Drepung y el de Jokhang, todos en Lhasa. Durante todo el día, desde las zonas rurales próximas acudieron a Lhasa tibetanos ataviados con sus vestimentas tradicionales. Miraban con incredulidad el espectáculo, que, desde su visión atea, era un teatro ridículo. La brecha existente entre la población local y la Han es abismal. Trabajos más cualificados, mejor remunerados y el espíritu emprendedor de los recién llegados cambian rápidamente el tejido social y económico de la ciudad. Junto a los más importantes templos budistas es posible encontrar tiendas Nike, que conviven con jóvenes monjes ataviados con su tradicional túnica roja y zapatos color mostaza.
Con unas mejores comunicaciones, escuelas y hospitales, el Tíbet ha empezado a dejar de ser un fortín, un rincón en la cordillera del Himalaya incomunicado y hostil. Desde el Gobierno se confía en que estas mejoras serán asimiladas por los tibetanos como un puente de unión entre ambas etnias, como el principio del fin del odio visceral y de mal tibetano.

Y la política internacional no ayuda

En las últimas semanas se han hecho públicas las posiciones de los varios responsables políticos europeos con respecto a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Aunque la mayoría no utilizan la palabra boicot, con la excepción de Nicolas Sarkozy, parece claro que serán pocos los mandatarios europeos que acudirán a ceremonia inaugural.
La estrategia de boicotear los Juegos tendría unos efectos contrarios a los deseados. China, después de un proceso de apertura sin precedentes en su historia, no entendería un boicot. Se interpretaría como una conspiración occidental contra un país en estado permanente de alerta. Paralelamente, está claro que no redundaría en una mejora del comportamiento (desde el punto de vista europeo) de las autoridades chinas.
La concesión de los Juegos nunca se ha basado en el historial impoluto del país en cuanto a derechos humanos. Ojalá llegue el día en que el Tíbet o Taiwán puedan elegir su futuro con más autonomía, que haya libertad de prensa en China o que se respeten en todo el mundo los derechos humanos. Pero lo que está claro es que un boicot no conseguirá estos objetivos.

Las consecuencias llegan a Beijing

A pesar de estar a más de 48 horas en tren de Lhasa, las consecuencias de las revueltas en el Tíbet llegaron hasta la capital, Beijing. A fin de apagar objetivos indiscretos y controlar a la población, durante más de una semana se censuró el portal de vídeos YouTube. De esta manera se limitaba el acceso a la información a más de 200 millones de internautas. Igualmente, en residencias de estudiantes extranjeros se empezó a llevar un control férreo de entrada y salida de los chinos que visitaban a compañeros y amigos occidentales.
Las muestras de solidaridad con el pueblo tibetano también se han hecho extensivas a otras universidades pequinesas. Es el caso de la Universidad de las Minorías (étnicas). Días después de la primera revuelta en el Tíbet se manifestaron con velas e incienso delante de la universidad. Fueron desalojados.
Igual que la visión que los occidentales tenemos de China, la visión del Tíbet está totalmente deformada. Alimentada por películas, por mitos, por leyendas y por magia. Una idea feliz e imaginaria de cómo es el Tíbet es común entre la mayoría de occidentales. Este hecho junto al mutismo total de las autoridades chinas a la hora de afrontar el problema tibetano alimentan un muro que hoy por hoy parece infranqueable.

 

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