Dharamsala

Dharamsala

Bajo el Himalaya, la ciudad india de Dharamsala acoge desde 1959 a la máxima figura del budismo y es destino de los refugiados que huyen del Tíbet
Risueños monjes budistas envueltos en sus túnicas de color azafrán, famélicos santones medio desnudos y embadurnados en incienso, andrajosos mendigos cubiertos de mugre arrastrando por el suelo sus piernas dobladas por la polio, espirituales mochileros ‘neohippies’ con melenas a lo rasta y calcetines sobre las sandalias y, sobre todo, un laberinto de restaurantes, cibercafés, puestos ambulantes y tiendas de recuerdos para los turistas donde se venden desde ‘thangkas’ -los típicos y coloristas cuadros budistas- hasta ropa de montaña falsificada. Bienvenidos a Dharamsala, una pequeña ciudad del norte de India donde, a la sombra del sobrecogedora cordillera de Himalaya, vive el Dalai Lama, quien escapó de Tíbet tras la fallida rebelión contra las tropas chinas en 1959. Desde entonces han huido unos 200.000 tibetanos, de los cuales la mitad se han instalado en India y unos 20.000 en el vecino Nepal. Todos ellos han seguido el ejemplo del venerado Dalai Lama, la máxima figura política y espiritual del budismo, quien se refugió primero en Mussoorie y en abril de 1960 trasladó el Gobierno tibetano en el exilio a Dharamsala. A unos cuatro kilómetros de esta ciudad de 20.000 habitantes se levanta la estación de montaña de McLeod Ganj, un antiguo cuartel establecido por los británicos durante la dominación colonial en 1850 y bautizado en honor del entonces gobernador del Punjab, David McLeod. Aquí se halla la residencia oficial de Su Santidad el Dalai Lama, el jefe de este supuesto Estado tibetano que ningún otro país reconoce, en el complejo de Tsuglagkhang, donde también se encuentran el monasterio de Namgyal y el templo de Kalachakra. Unos kilómetros más abajo, siguiendo una tortuosa y estrecha carretera por donde los taxistas indios sortean a toda velocidad las curvas y las vacas del camino al volante de sus diminutos Tata Indigo, una estupa preside la plaza donde se erige el Parlamento en el exilio. Sus 43 miembros, elegidos democráticamente, se reúnen dos veces al año bajo la presidencia del Dalai Lama. Todo un ejemplo de modernidad que contrasta con la figura del oráculo, quien sigue entrando en trance en unas ceremonias rituales que celebra varias veces al año para vaticinar el futuro y aconsejar al Dalai Lama en el conflicto con el régimen comunista de Pekín.

Multitudinarias vigilias

Durante estos días, miles de personas participan en multitudinarias vigilias por las víctimas de la represión con que el Gobierno chino ha aplastado la revuelta tibetana. Al amanecer, los guturales cantos de los monjes despiertan a sus habitantes y les indican el camino a seguir en una nueva marcha por la paz. Portando pancartas donde se pueden leer proclamas como ‘China, deja de matar en Tíbet’ y ‘Hu Jintao, asesino’, religiosos, exiliados y turistas comprometidos con la causa desfilan por las empinadas calles de McLeod Ganj. En las ventanas y balcones cuelgan impactantes fotografías de los disturbios en Lhasa, que estallaron el 14 de marzo tras varios días de manifestaciones pacíficas que conmemoraban el 49 aniversario de la huida del Dalai Lama. A su lado, otras desgarradoras imágenes muestran los cadáveres ensangrentados de las víctimas de las balas chinas. Al anochecer, las velas de la procesión iluminan las calles y templos mientras los monjes entonan los tradicionales ‘sutras’ de amor y compasión.

«Tenemos que aprovechar la repercusión de los Juegos para que el mundo conozca el sufrimiento que padece Tíbet», explica Lobsang Palden, un monje que ha pasado 12 de sus 39 años en la cárcel. Asegura que fue torturado por la Policía china por retirar en 1994 una placa del Gobierno en su pueblo, en el condado de Linga, y escribir sobre la misma ‘Tíbet libre’. «Me interrogaban cuatro veces al día y me ponían electroshocks en varias partes del cuerpo y hasta en la boca», relata este prisionero político, quien pasó «cuatro años encerrado en una pequeña celda oscura y con goteras, donde había otros once presos y en la que nos echaban los platos de una comida infecta a través de una rendija en la puerta». Según Lobsang Palden, «las condiciones eran tan malas y las palizas tan habituales que uno de mis compañeros, acusado de espionaje, enfermó de una infección y murió en el hospital, mientras que otro se quedó deficiente después de que los guardias le pegaran sin piedad».

Tras ser liberado el 29 de marzo de 2006, la Policía fue a recogerlo a la prisión y lo confinó bajo arresto domiciliario en su pueblo natal, pero Lobsang Palden pagó 6.600 yuanes (595 euros) a un guía nepalí para huir de Tíbet cruzando la frontera a través de las montañas. Una auténtica odisea por las cumbres del Himalaya que cada año se cobra muchas vidas, algunas abatidas por los soldados chinos y otras enterradas bajo la nieve. A pesar de los riesgos, Lobsang Palden pudo entrar en Nepal y llegó el pasado 26 de diciembre al centro de recepción de refugiados de Dharamsala, que cada año atiende a cerca de 3.000 exiliados que han huido de Tíbet.

Cursos de reeducación

Tras ser recibidos en audiencia por el Dalai Lama, los recién llegados son destinados, según su edad y educación, a los colegios, monasterios y 55 asentamientos que gestiona el Gobierno tibetano en el exilio. «La mayoría de los que huyen son monjes que ya no pueden soportar los cursos de ‘reeducación patriótica’ que impone el régimen chino, pero también hay prisioneros políticos, peregrinos muy mayores que quieren ver al Dalai Lama antes de morir y niños a los que sus padres renuncian para que estudien en libertad», indica una de las responsables del centro, que tiene capacidad para 150 refugiados pero en estos momentos sólo acoge a 40 porque se han incrementado los controles en la frontera tras la revuelta. Entre ellos destacan varios pequeños que irán al Pueblo de los Niños Tibetanos, una institución educativa que forma a unos 20.000 estudiantes y tiene un colegio con 2.000 alumnos cerca de McLeod Ganj. Uno de los últimos en llegar fue, el pasado 1 de marzo, Tenzin Nyima, un niño de 11 años al que su padre envió a India para que no creciera bajo la ocupación. Haciendo un gran esfuerzo económico y un tremendo sacrificio, su padre pagó 7.000 yuanes (632 euros) a un guía de Nepal para que lo llevara hasta Katmandú, donde el centro de recepción de refugiados tiene una sucursal que gestiona los viajes a India.

«Fuimos en coche hasta la frontera y luego tuvimos que andar un par de semanas, pero siempre de noche para que no nos detuvieran los soldados», narra Tenzin Nyima, quien estuvo todo el camino «muy cansado, hambriento y sediento porque apenas teníamos comida ni agua». Aunque intenta contener las lágrimas, el pequeño rompe a llorar cuando se le pregunta si ya ha hablado por teléfono con su familia. «Me dijeron que no me preocupara por ellos y que estudiara duro», gimotea mientras otros dos estudiantes mayores, que huyeron de Tíbet hace diez años, le consuelan dándole ánimos.

«En grupos de 40, los alumnos viven aquí en 42 casas construidas con donaciones internacionales, donde son como una gran familia», manifiesta una profesora en el patio de este enorme recinto donde un grupo de estudiantes hace gimnasia. Al fondo, varios niños juegan bajo la proclama ‘Salva a Tíbet’, que reza en un mural tan descolorido y borroso como el futuro de esta región del Himalaya.

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