Apoyar a Tíbet

Apoyar a Tíbet

Publicado el: 14-Abril-2008

En 1949 China invadió Tíbet con el argumento de que ese territorio era históricamente parte del suyo y que los tibetanos constituían una de sus cinco razas. Su objetivo era, según el discurso oficial, “liberar” a los tibetanos de “su oscura sociedad atrasada”, “la fe ciega en sus creencias falsas” y “su lengua inútil”.

Para conseguir ese propósito, siguieron métodos brutales: desde enviar a montones de chinos a vivir allá para lograr lo que un autor llama “una agresión demográfica”, hasta destruir sus monasterios y saquear sus tesoros culturales; y desde hambrear, explotar y reprimir brutalmente a la gente (como lo relata en un libro reciente de memorias T. Khetsun) hasta convertir a la capital en un gran burdel (tan sólo en la calle principal de Lhasa hay 658 de estos, más 238 sitios para baile y karaoke dice Pico Iyer y el Potala, residencia de los Dalai Lama, ha quedado escondido detrás de parques de diversión y centros comerciales).

Y sin embargo, de todos modos, en estos casi sesenta años, no han logrado su objetivo de que los tibetanos los acepten y que no se rebelen. Periódicamente se levantan en contra de los invasores, con todo y que la respuesta es siempre dura y terminan con decenas de muertos. El más reciente de esos levantamientos tuvo lugar apenas en marzo pasado, pero hasta hoy siguen en todo el mundo sus secuelas, tanto por parte de tibetanos en el exilio como de occidentales que los apoyan, entre ellos el Parlamento Europeo y el presidente de Francia, quienes han condicionado su presencia oficial en los juegos olímpicos a un diálogo entre autoridades chinas y tibetanas.

Lógicamente los chinos están furiosos, pues quieren lucirse ante el mundo con la justa deportiva. Y en su rabia dan golpes de ciego acusando a diestra y siniestra, de querer desprestigiarlos, e incluso al Dalai Lama, como instigador de la violencia, siendo que ese hombre es el más pacifista que existe en el planeta.

El mundo siempre ha sabido la verdad: en 1949 la ONU condenó lo que llamó “agresión” y en 1992 el Tribunal de los Pueblos reunido en Estrasburgo afirmó que “la presencia de la administración china en territorio tibetano debe ser considerada como una dominación extranjera”. Los propios chinos la saben: como dijo Mao, dentro de Tíbet “no contamos con el apoyo de las masas ni de los estratos más elevados”.

¿Por qué la insistencia entonces en conservar ese territorio?

La respuesta, dice la revista The Economist, es que los chinos están sedientos de recursos naturales y esa región los tiene en abundancia: en sus casi dos y medio millones de kilómetros (no el poco más de un millón que dicen los invasores, después de que le arrebataron varias provincias), nacen los principales rios de Asia; hay agua, bosques, maderas, petróleo, uranio y 126 minerales como cobre y hierro.

En México, muy pocos han dicho algo sobre este asunto. Vivimos, como siempre, sólo mirando nuestro propio ombligo aunque afuera el mundo arda. Eso con todo y que hay mucha gente que admira al lider temporal y espiritual del Tíbet, como se ha hecho evidente en las varias veces que nos ha visitado.

Circula una carta firmada por diez de las asociaciones religiosas que integran el Consejo Interreligioso de México (entre ellas la Iglesia Católica), y por individuos interesados en el asunto, dirigida al gobierno chino y que fue entregada a su embajada en nuestro país, pidiéndole el “cese inmediato del uso de la fuerza así como de las hostilidades verbales contra los ciudadanos tibetanos y otros activistas”, que “examine los motivos de queja de la población tibetana así como las políticas que han ido generando el resentimiento, para responder de manera adecuada a los agravios y a las necesidades legítimas de los tibetanos”, y que “escuche las voces que en todo el mundo le piden establecer el diálogo, honrando así sus promesas y los compromisos que asumió con la comunidad internacional”.

Ojalá y los medios de comunicación se interesaran en difundirla para que muchos mexicanos apoyen ésta que es a todas luces una causa justa. Pues, como dicen, hoy por ti, mañana por mí.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

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