La seguridad está vaciando Pekín de extranjeros. El visado de turista ha reducido su duración de tres a un mes y obtenerlo pasa por detallar dónde se va estar, mediante comprobante de pago adelantado del hotel o el de una agencia de viajes. Las medidas afectan al turismo en general. Ésta es la peor temporada en años, dicen las dependientas del Mercado de la Seda. Una guía española ha cerrado su compañía porque los visados de sus clientes no han prosperado. Pero, sobre todo, esa planificación obligada perjudica a los mochileros, ubicuos en China.A muchos extranjeros que residían aquí desde hace varios años no se les ha renovado el visado. Todos conocemos a estudiantes o empresarios que verán los JJOO desde sus países de origen. Hablaba recientemente con un amigo, tan enamorado de China como de su novia china, con las maletas listas, y la sensación es que China se dispara al pie. Para las obsesionadas autoridades chinas, los mochileros no son de confiar: jóvenes, idealistas, impetuosos, no cuesta imaginarlos con camisetas de Free Tibet en Tiananmén o reclamando más derechos humanos en cualquier esquina.

Pero expulsar a los extranjeros residentes priva a China de sus mejores peones. Algunos son incapaces de encontrarle nada bueno a China, pero son la excepción. Tenemos habituales charlas intentando averiguar el por qué de la imagen calamitosa global de China, o sobre la distancia entre lo que pasa y lo que llega. Cuando volvemos a casa nos da por el proselitismo. Nada elaborado, apenas las ideas más elementales: que China no es la Rumanía de Ceaucescu, que la gente es feliz porque mejora a diario, o que los disidentes encarcelados son tan heroicos como poco representativos de una sociedad apolítica y despreocupada de las reformas democráticas.

Con el previsible aluvión de extranjeros cargados de prejuicios, China echará en falta a esos embajadores expulsados por la aplicación fundamentalista del principio de que, cuantos menos extranjeros, menos problemas.