Bajo la espada

 Bajo la espada

China niega a los tibetanos derechos tan universales como la libertad de expresión y autodeterminación, según defensores

Han pasado 58 años, pero es como si hubiese ocurrido ayer. Las tropas chinas invadían Tíbet y su capital Lhasa, Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, gobernador y líder espiritual de este pequeño país oculto entre las alturas del Himalaya, emprendió el camino del exilio.

Se acababa un tiempo en esta tierra de lamas y monjes budistas y empezaba otro. En 1981, Aleksandr Solzhenitsyn, escritor ruso y Premio Nobel de Literatura (1970), describió el dominio chino en Tíbet como “el más brutal e inhumano que cualquier otro régimen comunista en el mundo”.

Y es que la destrucción de la cultura de Tíbet y la opresión de su pueblo fue atroz. Aproximadamente 1,2 millones de tibetanos, la quinta parte de la población del país, murieron como resultado de las políticas de China y más de 6.000 monasterios, templos y otras construcciones culturales e históricas fueron destruidas.

Lo que para los independentistas tibetanos es un avasallamiento, para los chinos se trata de la “liberación” del feudalismo en el territorio.

Ni las condenas posteriores de la ONU (1959, 1965), ni los intentos de diálogo (1979, 1984) han cambiado la situación de Tíbet.

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