Pekín 2008, juegos sin libertad

Pekín 2008, juegos sin libertad

Sábado, 09-08-08
EL futuro de la democracia depende de China. Hasta hoy, la equivalencia entre economía de mercado, sociedad de clases medias y régimen constitucional no había fallado nunca. Al menos, eso imagina la mentalidad occidental con su historia de las ideas concebida al gusto de los comerciantes puritanos anglosajones. Libertad y propiedad nacen y viven juntas en una sociedad de individuos iguales ante la ley. Ya saben, la declaración de Filadelfia y otras similares. La prosperidad material genera una demanda de autonomía personal y de participación activa en la política. Cada uno a su manera y a su tiempo, en Occidente todos hemos llegado al mismo destino: democracia constitucional, derechos humanos, imperio de la ley. Con graves defectos y servidumbres, sin duda, pero superior en el ámbito moral a cualquier forma de tiranía, despotismo o dictadura. China y otros dragones, de aquí y allá, gozan de una sólida clase dirigente y son capaces de afrontar proyectos ambiciosos. Los Juegos de Pekín, cómo no, sirven de escaparate. El mapa del mundo se llena de grandes urbes macrocapitalistas en lugares antes insospechados: Shanghai, Astaná, Dubai, Singapur… Siempre bajo regimenes autoritarios. ¿Acaso no les importa la libertad a las nuevas clases medias?
Las noticias desde Pekín son concluyentes. El régimen ¿comunista? aplica sin complejos su querencia natural. Menos visados; fuera pancartas; «gran muralla virtual», o sea, filtros ideológicos en Internet. Censura a tope, con el apoyo de algún amable gobierno europeo. Del Tibet ya lo sabemos casi todo. Prohibida incluso la contaminación, ese invento molesto de la prensa imperialista. Peligro terrorista, luego más control policial. Vean ustedes la China que les queremos enseñar. La gran capital olímpica, con el estadio de Herzog y De Meuron y la T-3 de Foster. El skyline de Shanghai, que maravilla a los viajeros desde el viejo Bund colonial. También la presa de las Tres Gargantas o el supertren que vuela por las nubes camino de Lhasa, aunque mejor no hablar de monjes tibetanos. En los ratos libres, disfruten de la Ciudad Prohibida y sus hermosos palacios de nombre relajante: entre otros, «armonía preservada» o «pureza celestial». Ceremonia espectacular, instalaciones mágicas, un país al servicio del visitante festivo… A partir de ahí, vale más que no pregunten. Decía Hegel, tan eurocéntrico, que China no tiene historia porque la vida discurre igual desde hace milenios. No obstante, las cosas cambian en el terreno material: desde la coleta impuesta por la dinastía Qing al artilugio electrónico de última generación. Las mentes siguen acaso en estado de ingravidez. Recuerden la máxima del Tao: Wu Wei, no actuar, dejar hacer a los procesos naturales. Por cierto, ¿no es esa la esencia del liberalismo económico? Curiosa conclusión de los estudios culturales comparados.
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