Pekín 2008: apertura de las Olimpiadas más controvertidas de la historia

Pekín 2008: apertura de las Olimpiadas más controvertidas de la historia

Preguntas prohibidas, temas sensibles, custodia extrema y asistencias compradas. La cuenta regresiva ha terminado ¿Que esperar de la “fiesta del deporte”?

Por Lic. Josefina Padilla – La Gran Época
 
La cuenta regresiva ha terminado ¿Que esperar de la “fiesta del deporte”? (Feng Li/Getty Images)

Cada uno de los 70.000 taxis que recorren la ciudad de Beijing, podrían poseer una cámara y micrófonos ocultos, según fuentes del Wall Street Journal. Una mega red de espionaje jamás soñada por ningún gobierno del planeta acecha cada movimiento en la capital de Asia. Ciento diez mil policías armados y la friolera de un millón cien mil “voluntarios” custodiarán las calles, alojamientos, la Villa Olímpica y a los miles de visitantes que, dada la altura de las circunstancias, ya no pueden distinguirse entre un turista común y un manifestante deseoso de desplegar una pancarta de un momento a otro.

En vistas de una imagen esplendorosa, las calles de Beijing ya han sido limpiadas de indigentes y trabajadoras del sexo hace mucho tiempo. Las viviendas aledañas a las instalaciones olímpicas, demolidas. Los disidentes y posibles agitadores, detenidos. Sin embargo, la paranoia no ha podido ser desplazada del aire capitalino en China. La policía y las fuerzas militares, si acaso cabe la distinción en un país completamente militarizado, son obligados a desarrollar un sexto sentido en pos de un objetivo imposible: controlar una masa de gente, en la que cada uno es un posible sospecho.

 

No pregunte. No responda

 

La “Etiqueta al comunicarse con los extranjeros”, dada a conocer por medio de carteles exhibidos en la zona céntrica de Beijing, poseen ocho “No pregunte”. Fue ideado para que los ciudadanos no tocaran “temas sensibles” al charlar con extranjeros. Edad, ingresos, vida sexual, salud, fe religiosa, ideas políticas o experiencias personales están incluidos entre los no pregunte. Básicamente, las autoridades chinas desearían que los chinos solo se manifestaran con una sonrisa ante los extranjeros, sin inmiscuirse en diálogos que pudieran ofender a estos, o entrar en comparaciones con el estándar de vida fuera y dentro de lo que algunos periodistas han titulado como “la cárcel más grande del mundo”.

De igual forma, los periodistas extranjeros son instados a no preguntar sobre asuntos internos que solo “atañen al gobierno de China”. Así, la Special Broadcasting Service (SBS) dio a conocer recientemente la lista de los cinco temas sensibles acerca de los cuales la prensa australiana, y en especial la Seven Beijing Media Centre (7BMC), subsidiaria de Seven Network y alcaldía de la capital de China, debía omitir si pretendía cubrir los eventos durante las Olimpiadas. La independencia de Tíbet, la independencia de Taiwán, los musulmanes de la provincia de Xinjiang, la disciplina espiritual Falun Gong y los disidentes políticos son los tópicos nombrados en un mensaje electrónico que un ejecutivo de 7BMC no supo ocultar a la vista pública y que mantiene a la Federación Internacional de Periodistas (FIJ) preocupada por la situación de China.

Los accesos a muchos sitios web también han sido debidamente bloqueados para “proteger a los ciudadanos” de informaciones sensibles, así como los micrófonos de los automóviles “protegen” a los conductores de posibles pasajeros terroristas.

La vigilancia incluso se expande hacia esferas extraoficiales, incluyendo a meseros, chóferes, empleados de tienda y todo aquel que pueda jugar el rol de oído para el régimen comunista, informando de cualquier movimiento sospechoso por parte de locales o invitados.

Las tres áreas específicas para realizar protestas se encuentran muy lejos de las instalaciones olímpicas, y en opinión de muchos periodistas, ninguna manifestación real más que las montadas por las autoridades chinas podrá ser concretada en aquellos reductos de fantasía.

Los Juegos Olímpicos del Partido Comunista Chino fueron planificados para brillar; para demostrar al mundo quien es la autentica y magnánima futura potencia. Sin embargo, las chances de que tal paz repose sobre una China convulsionada no son muchas. ¿Aplaudirá el público como lo hizo en la Alemania Nazi de 1936? ¿Ignorará el mundo, como lo hizo en Argentina durante el Mundial de Fútbol de 1978, la matanza y crueldad que se esconde bajo el sótano? ¿Correrá Beijing la misma suerte, como lo hizo Mussolini en 1934, de que el pueblo olvide el genocidio para contentarse con el espectáculo?

Muy probablemente, las Olimpiadas del régimen comunista chino no corran con la misma suerte. Si la humanidad supo aprender la lección, los festejos no ocultarán el genocidio. Si la “fiesta” no logra tapar los lamentos de miles de inocentes, querrá decir que la humanidad aún tiene una esperanza.

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