EN UNA PAZ PRECARIA EL MIEDO ATORMENTA A LOS MONJES TIBETANOS

EN UNA PAZ PRECARIA EL MIEDO ATORMENTA A LOS MONJES TIBETANOS   

Richard Lloyd Parry en Tongren

The Times (Londres)
22 de agosto de 2008

Para Jigdal Tulku, 23, del oeste profundo de China, los Juegos Olímpicos son preciosos, pero por muy diferentes razones a las de los jóvenes de Beijing o Shangai.

 El éxito del deporte chino significa poco para él. Cuando mira el basketball, él grita por Kobe Bryant y los Estados Unidos, no por China. Pero la quincena olímpica ha traído algo  más dulce que las medallas: un respiro en los seis meses más desdichados de su vida.

Jigdal, cuyo nombre real no se revela para proteger su identidad, es un monje budista en Tongren, en la provincia de Qinhai, una ciudad étnicamente tibetana que durante la mayor parte del año ha sido el lugar de violentos enfrentamientos entre tibetanos desarmados y fuerzas de seguridad chinas. 

 Autos de la policía han sido destrozados bajo una lluvia de piedras, mujeres y niños se han intoxicado con gas lacrimógeno y los monjes budistas han llorado mientras sus dormitorios han sido saqueados por la policía armada.

Pero con el principio de las Olimpíadas la violencia se desvaneció de pronto, y parece haberlo hecho mucho más en la inquieta área que es el Gran Tíbet.

 Tal vez la presencia de tantos extranjeros, incluso en la distante Beijing, hizo a las autoridades ser conscientes acerca de las flagrantes muestras de fuerza, quizás los problemas tendrían simplemente que seguir su curso.

 De cualquier manera, Tongren, por ahora, se ha acercado mucho a la paz, lo que es decir que el miedo a la violencia inminente ha dejado paso a un enojo resignado y un largo período de desesperanza.

 “Ellos se han detenido por las Olimpiadas, pero después que ellas finalicen, nosotros no sabemos que harán” dice Jigdal. “Puede ser que las cosas vayan mal otra vez. Puede ser que la policía nos hiera otra vez. Nosotros no sabemos. Pero nuestro futuro es pobre; nuestro futuro es nada”.

 Los disturbios en Lhasa, la capital tibetana, dominaron la atención del mundo en marzo de este año, con entre 22 o 200 muertos en la escalada de violencia, dependiendo a quien se le crea, si al gobierno chino o al gobierno en el exilio del Dalai Lama con sede en India.

 Pero este fue meramente el clímax de un levantamiento general, no sólo en la Región Autónoma Tibetana, sino también en los viejos territorios tibetanos que han sido absorbidos en las provincias occidentales de la propia China.

 En Aba, en la provincia de Gansu, hubo informes de jóvenes monjes golpeados hasta la muerte y monjas dejadas sangrando por las porras de la policía; en la ciudad de Xiahe, el lugar del más grande monasterio tibetano fuera de Tíbet, se dijo que cientos de monjes han sido arrestados.

 Ambas áreas permanecen cerradas a los forasteros, con extranjeros e incluso chinos que han intentando entrar siendo retornados por la policía en los puestos de control.

 En Tongren, nosotros fuimos y vinimos tranquilos, pero la tensión era evidente, en la renuencia de muchos monjes y otras personas a hablar acerca de lo que había sucedido y en las columnas de la policía armada, llevando chalecos anti-balas y viajando en vehículos blindados, que patrullan las calles por la noche.

 Los disturbios en Tongren estallaron un mes antes de los de Lhasa. Comenzaron el 21 de febrero, en un festival, cuando miles de tibetanos convergieron en la ciudad desde las pobres aldeas de los alrededores.

 Se produjo una discusión entre un cliente tibetano y un comerciante musulmán de la minoría Hui, todo por el precio de un balón.

 Los fuegos artificiales del festival estaban explotando en lo alto cuando la policía llegó, golpeó  y se llevó arrastrando al tibetano, para furia de sus amigos.

Una multitud se reunió y arrojó piedras contra el auto patrulla. Más y más gente fue atraída por la conmoción y los monjes en hábitos rojos del prominente monasterio de Longwu comenzaron a cantar eslóganes llamando por la independencia tibetana. Para el momento en que  los refuerzos de la policía habían restaurado el orden, varias horas más tarde, la disputa se había convertido en un levantamiento contra el dominio chino.

  “Yo vi los daños al día siguiente” dice un monje de mediana edad. “Era un caos. Había 12 o 13 autos de policía destrozados. Los tibetanos los atacaron con palos y piedras”.

Un mes después, una ceremonia de quema de incienso realizada por los monjes de Longwu, unos pocos días después de la violencia en Lhasa, provocó un pequeño estallido de pasión separatista, y lo mismo sucedió otra vez en abril.

 Cada emotivo desafío atraía una feroz respuesta. Esto fue descrito por un viejo monje en el monasterio de Longwu en una de sus recámaras secretas, una habitación sagrada donde el joven Dalai Lama durmió una vez, decorada con una pintura suya como Buda viviente.

 “Hay 400 monjes alquilando casas aquí y ellos vinieron a cada una” dijo. “Si tú tenías una cerradura en la puerta, ellos la rompían. Ellos apuntaban sus armas y gritaban: ´¡Quietos!´ y tomaban nuestras pertenencias. Ellos tomaron 1000 yuanes (£80) si tú los tenías, o 3000 yuanes. Ellos rompían las fotos del Dalai Lama sobre el piso, y ellos arrestaban a los monjes. Nosotros fuimos a la policía pero ellos nos dijeron que saliéramos” 

 La policía tomó computadoras y teléfonos móviles en su búsqueda de una organización que ellos creían estaba detrás de los disturbios espontáneos. Jigdal, un monje moderno que guarda un MP3 debajo de sus hábitos, tiene su cámara digital confiscada, con fotos de las protestas.

 Un número desconocido de monjes y laicos fue llevado, muchos con las muñecas atadas con cables eléctricos. Muchos no han retornado a sus hogares. Según los monjes en Tongren y organizaciones de exilados, un viejo lama, Alak Khaso Rinpoche, sufrió la quebradura de una pierna y daños en su visión y oído luego de ser severamente golpeado.

 En una ciudad en la que muchos están temerosos de hablar con un extranjero, es una dificultad calibrar la opinión, pero los tibetanos más realistas parecen entender que su sueño de completa independencia nunca se realizará. China es demasiado poderosa para los gobiernos extranjeros como para jugarse una relación con Beijing sobre el tema.

 “Como tibetanos, no hay nada que podamos hacer” dice un monje. “Los chinos usan armas, nosotros no”.

 Pero quizás la queja fundamental no es la autoridad china en sí misma, sino la crueldad con la que es ejercida. Los caminos que cortan la que fue una vez una región montañosa impenetrable, los nuevos edificios, incluyendo escuelas y hospitales, todas son evidencias de la inversión china.

 No hay duda que la vida es más fácil de lo que era en el pasado, pero el resentimiento tibetano proviene de la percepción que si bien mucho se mejora para los nativos, se mejora a toda velocidad para los chinos inmigrantes.

 “Ellos construyen los caminos, ellos construyen el tren a Lhasa, pero ellos construyen para los chinos, no para los tibetanos” dice Jigdal. “Ellos envían tibetanos a la escuela, pero entonces no hay trabajos, excepto para los nómades y granjeros. Los trabajos van para los chinos. Esto es lo que siento cuando observo las Olimpiadas. Porque en la televisión los chinos sonríen para el resto del mundo, pero detrás, ellos hacen mucho mal aquí. Por eso no puedo apoyar al equipo de China, China es astuta como un zorro”.

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Tsewang Phuntso
Oficial de Enlace para America Latina 
OFICINA DEL TIBET 
241 East 32nd Street 
New York, NY 10016 

  

 

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