Medio siglo de tristeza para el pueblo tibetano

Medio siglo de tristeza para el pueblo tibetano

Cartel de apoyo al pueblo tibetano en Dharamsala. | EfeCartel de apoyo al pueblo tibetano en Dharamsala. | Efe
  • Pese al apoyo internacional, la vía pacífica no ha dado sus frutos
  • El Dalai Lama parece dispuesto a pasar el testigo de la lucha

Cuenta la leyenda que, cuando hace medio siglo el Dalai Lama y su comitiva de 80 personas huyó de Lhasa en dirección a la India, se levantóuna densa nube de niebla que les acompañó durante todo el viaje para que los aviones chinos no pudiesen localizarlos.

Cincuenta años después de aquel 17 de marzo, el futuro del Tíbet está envuelto en la bruma de la incertidumbre y afronta, en palabras del Dalai Lama, “un panorama triste”.

Nacido con el nombre de Lhamo Dhondrub hace 73 años, el líder espiritual preside un gobierno en el exilio desde la ciudad india de Dharamsala, en la falda de los Himalayas. Como tantos miles de tibetanos, llegó allí después de atravesar a pie la cordillera más alta del mundo en un periplo que duró dos semanas. En “el pequeño Tíbet”, como es conocida Dharamsala, se están llevando a cabo estos días oraciones colectivas para desearle una larga vida al Dalai. Su delicada salud le ha llevado a ser hospitalizado cuatro veces en el último año, y en repetidas ocasiones ha afirmado sentirse “cansado” y dispuesto a pasar el testigo de la lucha pacífica a un sucesor.

El balance de estos 50 años de resistencia contra la ocupación china deja un sabor agridulce en la población tibetana. Por un lado, Pekín se ha hecho con el control absoluto del territorio y la administración del ‘reino de las montañas’, pero por otro, la campaña internacional llevada a cabo por el Dalai, que recibió el premio Nobel de la Paz en 1989, ha conseguido que el mundo vea con simpatía la causa de un pueblo pobre y remoto, de menos de tres millones de personas, que lucha por su independencia sin recurrir a las armas ni al terrorismo.

La insurrección popular del 10 de marzo, hace justo medio siglo, fue, según el Dalai, un error, porque recurrió a la violencia y además no funcionó. Durante estas cinco décadas, este líder ha intentado llevar adelante la doctrina del “camino de en medio”, que consiste en aceptar la presencia china y su soberanía pero conservando un alto grado de autonomía y su identidad.

Según su hermano mayor, Gyalo Thondup, en 1979 el Dalai se reunió con el entonces dirigente chino Den Xiaoping, que aseguró al líder budista que “excepto la independencia, cualquier asunto se puede discutir“. Desde entonces, el decimocuarto Dalai, cuyos retratos están prohibidos en toda China desde 1994, se ha empeñado en hacer ver al Gobierno chino que su pueblo “no es un enemigo, sino un hermano”, y que él mismo no es ninguna amenaza para el Imperio Central, sino “un interlocutor” que busca una solución pacífica, “pero no el único”.

Dudas sobre el futuro

Precisamente esta actitud pacifista es la que en los últimos tiempos ha avivado las disidencias de muchos exiliados tibetanos. Así quedó patente el noviembre pasado en Dharamsala, cuando 500 monjes y representantes de asociaciones tibetanas de todo el mundo debatieron la línea a seguir en el futuro. Cada vez son más los que piensan que la reivindicación pacífica no ha dado los frutos esperados y se impone la lucha “por todos los medios y por la independencia”, en palabras de Tenzin Choeying, presidente de Estudiantes por un Tíbet Libre (SFT).

En los 20 años que Lhasa, capital histórica del Tíbet, lleva bajo la ley marcial, las protestas de los nacionalistas nunca fueron tan virulentas como en marzo del año pasado. La represión china fue contundente y, según los activistas, se produjeron 200 muertes y más de 1.000 desapariciones aún sin aclarar. Los casos de torturas y de discriminación a favor de los colonos chinos se denuncian periódicamente en los informes de Amnistía Internacional o Human Rights Watch.

Después de ocho rondas de negociaciones, el fracaso del boicot a los Juegos Olímpicos y las advertencias de Pekín a todo el que apoye públicamente al Dalai Lama —como el presidente francés, Nicolas Sarkozy—, China sabe que el tiempo juega a su favor. Y las nuevas generaciones de exiliados tibetanos, muchos de ellos nacidos y formados en Occidente, piensan que la vía pacífica está agotada. Para recordar el 50º aniversario de aquel día en que un grupo de monjes atravesó a pie los Himalayas en busca de una segunda casa, grupos como el SFT prometen poner en marcha agitaciones y protestas en ciudades de todo el mundo. “Será una semana espectacular”, afirma su presidente.

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