Recuerdos del Tíbet

Recuerdos del Tíbet

Vivencias de una ciudadana común de Beijing enviada a Lhasa tras la ocupación comunista en marco del adoctrinamiento del régimen a la población tibetana

Por Renate Lilge-Stodieck – La Gran Época

El Palacio Potala Plaza en Lhasa, en la región autónoma del Tíbet. Tanto los chinos como los tibetanos luchan por convservar sus raíces culturales. (China Photos/Getty Images)

El Palacio Potala Plaza en Lhasa, en la región autónoma del Tíbet. Tanto los chinos como los tibetanos luchan por convservar sus raíces culturales. (China Photos/Getty Images)

“Cuando pienso en el Tíbet –comenta una china Han de contextura física pequeña, ahora con sesenta y tantos años–, más de 20 años de penalidades reaparecen en mi mente. Veinte años, en los cuales hubiera preferido vivir y trabajar en Beijing, donde mi hijita habría permanecido siempre conmigo”.

En 1960, la joven artista viajó a Lhasa como integrante de un grupo de danza y teatro, no voluntariamente sino “por órdenes de más arriba”, del partido comunista chino (PCCh). Su familia pertenecía a aquellos con “raíces negras”. Provenía de una familia burguesa que estaba bajo el riguroso escrutinio de los cuadros del PCCh; razón suficiente para seguir las órdenes sin oponerse, especialmente desde que su esposo fuera enviado a Lhasa con el ejército para la ocupación del Tíbet en 1959.

El primer tramo del viaje en tren al Tíbet fue difícil, pero no tan extenuante como el resto del viaje dentro del país en camiones con gran traqueteo durante cinco días: cruzando montañas de cinco mil metros de altura por caminos que ni llegaban a ser tales. Dolores de cabeza asolaban todo el tiempo a los integrantes del elenco, quienes aún debían acostumbrarse al clima de Lhasa. Pero sus quejas no tenían esperanzas de ser consideradas.

El grupo fue hospedado en un viejo monasterio budista aún intacto, cuyos monjes habían huido antes de que los soldados llegaran.

“Lo que no me gusta decir, porque entiendo que los tibetanos luchan por su libertad, es que la población y el país se encontraban en un estado de mucho subdesarrollo. Venían de una noción particular de la higiene y jerarquías estrictas”. “En el sótano del monasterio (nuestra sala de ensayo), encontramos señas de una prisión y evidencias de tortura”.*

“No les temíamos a los tibetanos; no obstante, en las tardes no se nos permitía salir a las calles, y en otros momentos solo podíamos salir de a tres. [El régimen chino] nos hacía bailar en los altares de los templos. No teníamos miedo o, por lo menos, no lo mostrábamos”, dice ella, que aún le preocupa ponerse ella o a otros en peligro, así que prefiere no dar nombres ni detalles. Es que, según cuenta, el largo tentáculo del PCCh siempre está al asecho de aquellos que piensan fuera del marco o que son “libre pensadores”, para silenciarlos.

La segunda ola de destrucción de la cultura tibetana continuó a fines de los sesenta en el marco de la ‘Revolución Cultural’. Ella y sus colegas habían sido recluidos en un grupo destinado tanto a entretener a los militares chinos como a adoctrinar a la población autóctona. Entretanto, según cuenta, grupos de tibetanos fueron entrenados por Beijing durante al menos tres años, aunque no solo en danza y canto, sino también en sesiones de lavado de cerebro del partido.

‘Profundas censuras en nuestras cabezas’

Después del nacimiento de su hija, los padres primerizos estaban extremadamente tristes de verse obligados a enviar a la niña sola a Beijing, ya que los niños chinos Han rara vez toleran el duro clima montañoso del Tíbet. Entre las tías la criaron durante tres años, pero como estaban enfermas o atemorizadas de la persecución del partido, la chiquita se convirtió en una “niña viajera”.

Tres años más tarde pudieron traerla finalmente a Lhasa; pero, al llegar, la pequeña sufrió un colapso circulatorio. Con la niña en brazos, la madre corrió al hospital, donde fue rechazada. “Nunca antes me había arrodillado ante un hombre, pero me lancé al suelo ante el primer médico que se cruzó en mi camino y le supliqué que salvara a mi hija”, cuenta.

“Y el terror de la Revolución Cultural de los guardias rojos aún estaba por venir. A todos los artistas e intelectuales se los envió a trabajar en los campos agrícolas, tal como mi esposo, que tuvo que ser un leñador en los bosques”.

Profundizando su reflexión, la mujer suspira: “En contra de nuestra voluntad, nosotros, los chinos Han, fuimos llevados a un país cuya lengua y costumbres no entendíamos y a donde nunca habríamos ido voluntariamente. Los tibetanos tenían que tolerarnos porque la influencia de los tanques y las armas era superior a su capacidad para resistir.”

“A principios de los ochenta, al fin, pudimos regresar a Beijing con nuestra hija, pero el pueblo chino allí tampoco es libre de la persecución comunista. Es vigilado y espiado cada día, igual o tan visiblemente como a los tibetanos. Nuestros sensores internos en nuestras mentes siempre controlan lo que debemos decir y nos envían señales de peligro. El Terror Rojo permanecerá lo que el PCCh se sostenga en el poder, o hasta que el pueblo se levante y lo expulse”.

Nota editorial: La estructura social monástico-feudal y la alegada práctica de la tortura en Tibet constituyeron la bandera de la ocupación del partido comunista chino en 1959 y continúan siendo sus argumentos actuales. En base a las evidencias históricas, ningún tipo de posible abuso o maltrato por parte de las anteriores jerarquías tibetanas es comparable con el sometimiento, la tortura, las ejecuciones y el genocidio cultural aplicados sistemáticamente por el régimen comunista a la población tibetana desde la mencionada incursión militar.

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